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Samuel

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    Tal vez sea el azar, el destino, la casualidad... pero yo prefiero pensar que eres un milagro. Que llegaras a nuestra vida, que hayamos compartido tantas cosas, que nos hagas creer en que se pueden superar las zancadillas que la vida nos pone y llegar a ser una gran persona. Que hayamos aprendido a querernos (aunque esto realmente ha sido fácil). Que aunque no seas mi hijo, mi familia está formada por cinco personas ( y dos gatos) desde que llegaste. Ha habido momentos en que he sentido que no era fácil, pero jamás he dudado de mis sentimientos, de mi deseo de que permanezcas siempre a nuestro lado, de que tu vida, ya muy plena, lo será aún más.       Hemos aprendido mucho de ti, Samuel y espero que también tú de nosotros. Porque ser parte de una familia es eso también: aprender, equivocarse, alejarse y acercarse, acompañar, dialogar, reírse, enfurruñarse, reconciliarse. Ha sido apasionante ver cómo el baby que conocimos con 12 años se ha convertido en ...

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     "Quiero jamón", soltó tu madre tras verte por primera vez, mientras lloraba de emoción y miedo. Y, como si fuera un antojo, aquello te marcó. La fruta que jamás te tragaste (a menos que te la diera Pepa); el jamón que comías aún sin dientes sin atragantarte; las primeras acedías que tu abuelo te daba con 10 meses en La Antilla; las croquetas de tu abuela que nadie iguala; sus papas con choco; las tapitas del Tiro de Línea; los arroces de tu padre que con el tiempo fueron los de los dos; los inventos de tu hermano, siempre con queso y mejor con pistachos; el corderito que no te dio ninguna pena comerte a pesar de que era tan mono algunas horas antes; las migas navideñas; el maialetto de Ferragosto; el pecorino sardo comprado en una furgoneta en La Argentiera; las sardinas de Los Pescadores en Portugal; las gambas que pelabas más deprisa que tu abuelo; los mantecaos que encuentras aunque estén escondidos... La comida que te hace feliz y con la que haces feliz a los dem...

Loli

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          Tu hermano me abrió hace años una puerta a vuestra casa. No, una puerta no: Era un portón que daba a un patio machadiano donde brillan eternas las aspidistras y un busto clásico, colocado con estudiado descuido, dormita entre las plantas. Entré en tu casa y a partir de ahí mis recuerdos mezclan vivencias y relatos. Tu madre (piel blanca y joven; ojos de un azul indefinible) me observa, me cuenta relatos de vuestra infancia ( mis hijos jugaban siembre en el corral; a mí no me gustaba que salieran por ahí... ) y entremete algún que otro estilete de manera elegante a una de las muchachas. Tu padre, ensimismado, parece un filósofo que no deja de pensar; responde con monosílabos; obedece estoicamente a las indicaciones de quien esté por allí; y bebe a sorbitos su vino aguado. Popo se mueve diligente en la minúscula cocina (papas con choco, cocido, tortas de naranja, rosquitos, fritos de bacalao...) sin apenas dejar rastro y con escasas y breves entrada...

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       Nacer el año de la última gran inundación de Sevilla imprime carácter. Tener la mitad del cerebro en Cáceres y la otra en Granada también. Vivir en la Plaza del Rocío marca: veranear en la azotea con una piscina de salchichones; pelearse a naranjazos con los niños de las casas baratas; ir a bañarse a la playa de "María Trifulca"; deleitarse con las pavías del Bar "Parada"... Ir al colegio de doña Ángeles es una experiencia iniciática difícil de igualar. Vivir en un piso de dos habitaciones con dos hermanas y tres hermanos más y algún que otro primo deja huella. Y comer repápalos, no poder renunciar al pelapatatas, no gritar viendo un partido de fútbol, creer firmemente en que tus hermanos son realmente tus hermanos de la Luna, pelar la naranja con cubiertos... Ser Medina ( la piedra dura ) y Romera ( el tiempo que fluye y el fulgor de las farolas ) forman parte de tu piel y de tus neuronas.     Un suspenso en Griego de una profesora que vive y muere ...

Ya está, ya está

A punto de cumplir 28 años mi vida parece un cacharrito de la feria al que se le ha roto el freno y da vueltas sin control; Vértigo, fatiga y la sensación de que si fijo la vista en algún lado voy a echar la merienda (que vaya ideíta la de tomarse unas tortitas con nutella antes de subirse a las tazas locas). Esto ha sido así ante cada crisis vital que he atravesado, y creo que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que es algo por lo que hemos pasado todos.  Mis amigos se sorprenderían al leerme escribir esto, pues la mayoría me conocen como una persona tranquila, casi inalterable, lo más parecido a una piedra a la que le han salido pulmones y ronca cuando echa la siesta... bueno, esto es gracias a que con el tiempo encontré mi método para controlar el pánico mientras espero a que algún currito metafórico le dé al freno de emergencia: escribir. Incluso si no me falta imaginación, tengo una familia que daría para más de una cinta de Almodóvar, así que es suficiente con mirar a mi al...