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"Quiero jamón", soltó tu madre tras verte por primera vez, mientras lloraba de emoción y miedo. Y, como si fuera un antojo, aquello te marcó. La fruta que jamás te tragaste (a menos que te la diera Pepa); el jamón que comías aún sin dientes sin atragantarte; las primeras acedías que tu abuelo te daba con 10 meses en La Antilla; las croquetas de tu abuela que nadie iguala; sus papas con choco; las tapitas del Tiro de Línea; los arroces de tu padre que con el tiempo fueron los de los dos; los inventos de tu hermano, siempre con queso y mejor con pistachos; el corderito que no te dio ninguna pena comerte a pesar de que era tan mono algunas horas antes; las migas navideñas; el maialetto de Ferragosto; el pecorino sardo comprado en una furgoneta en La Argentiera; las sardinas de Los Pescadores en Portugal; las gambas que pelabas más deprisa que tu abuelo; los mantecaos que encuentras aunque estén escondidos... La comida que te hace feliz y con la que haces feliz a los dem...